El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha asegurado hoy, durante su intervención en el World Governments Summit en Dubái, que su Gobierno va a aprobar un paquete de medidas con las que pretende garantizar un entorno digital seguro. Entre esas medidas parece que llegará la prohibición del acceso a las redes sociales a menores de 16 años, obligando a las plataformas digitales a implementar sistemas efectivos de verificación de edad, en la línea de los pasos que están dando otros países de nuestro entorno, como Francia.
El año pasado, la SEPSM tomaba la iniciativa de ponerse en contacto con los partidos políticos y con el Ministerio de Sanidad para mostrar la creciente preocupación de los psiquiatras frente a la evidencia de las posibles conexiones entre el uso intensivo de las redes sociales y el bienestar mental de la juventud española.
Igualmente, el uso de las redes era uno de los puntos que incluía el Decálogo de los asuntos que hoy preocupan a la SEPSM, presentado a los medios de comunicación el pasado 22 de enero en Madrid.
Redes sociales: un factor de riesgo creciente
Las redes sociales plantean un desafío creciente para los jóvenes, porque amplifican necesidades muy propias de la adolescencia: ser vistos, pertenecer a un grupo o recibir aprobación inmediata, entre otras. En un entorno que nunca se apaga, cuando el uso se vuelve intensivo, muchos adolescentes presentan más síntomas de ansiedad, depresión y estrés.
El cerebro adolescente está especialmente orientado a la búsqueda de estatus y refuerzo social. Hoy día, en redes sociales, los jóvenes encuentran un flujo continuo de “me gusta”, comentarios y comparaciones que actúan como pequeñas recompensas frecuentes y difíciles de interrumpir. Al mismo tiempo, se exponen a las primeras experiencias de rechazo, ciberacoso o sensación de no estar a la altura, lo que puede activar sistemas de estrés y malestar emocional en jóvenes vulnerables.
Desde la perspectiva del desarrollo, la adolescencia es un periodo clave para construir identidad y aprender a regular las emociones. Las redes pueden ayudar a explorar intereses y conectar con iguales, pero también fomentan la comparación constante, la idealización del cuerpo y el miedo a quedarse fuera, con impacto especial en adolescentes que ya tienen problemas de ánimo o disregulación emocional. En estos jóvenes se observa, además, un uso más intenso y emocionalmente cargado de las plataformas, con cambios de humor muy ligados al feedback recibido y con más riesgo de que se consoliden mensajes internos del tipo “valgo menos que los demás” o “no encajo”, lo que se acompaña de retirada de la vida offline.
Ciertos mensajes relacionados con el ideal corporal pueden tener un impacto significativo y llegar incluso a favorecer la aparición de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA).
Los estudios y metaanálisis disponibles muestran asociaciones consistentes, aunque de magnitud moderada, entre el uso problemático de las redes sociales y la presencia de depresión, ansiedad y estrés en adolescentes y adultos jóvenes. Asimismo, señalan vínculos con un mayor malestar psicológico general, así como con autolesiones y conductas suicidas en una parte de la población juvenil. No obstante, la dirección de estas relaciones aún no está completamente aclarada: los adolescentes con peor salud mental tienden a utilizar las redes sociales de forma diferente y con mayor intensidad, y, a su vez, este patrón de uso puede agravar su estado psicológico. Por ello, resulta fundamental comunicar la necesidad de más estudios de alta calidad que permitan identificar qué perfiles presentan mayor riesgo, qué tipos de uso son más perjudiciales y qué intervenciones resultan más eficaces.
Junto a los riesgos descritos, las redes sociales también constituyen un canal relevante para la difusión de mensajes de prevención y promoción de la salud mental. Por ello, resulta clave, por un lado, reforzar la alfabetización digital y la capacidad crítica para identificar contenidos fiables y distinguirlos de aquellos potencialmente dañinos y, por otro, proteger y fomentar la vida fuera de la pantalla mediante el ocio presencial, la práctica deportiva, un descanso adecuado, las relaciones cara a cara y la participación en actividades comunitarias. Todo ello debe complementarse con programas escolares de bienestar digital y con normas parentales claras, coherentes y proporcionadas. Asimismo, son fundamentales medidas como el retraso en la edad de acceso -tal y como ya se ha establecido por ley en algunos países- y la limitación de los tiempos de uso, con el objetivo de reducir posibles daños, promover usos más saludables y generar una mejor evidencia científica que oriente las decisiones educativas, políticas y clínicas.
